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Las autopsias practicadas a los autores de la masacre de la escuela Columbine de Littleton no han revelado nada anormal, pero cada vez más científicos creen que la violencia está escrita en nuestros genes o guarda una relación directa con los niveles de un neurotransmisor, la serotonina. 

Tras los graves sucesos de Colorado, que han dejado 15 muertos, psicólogos, padres y educadores buscan una explicación sobre qué ocurre en la sociedad estadounidense para que la violencia llegue a las aulas.

Las armas, la influencia de la televisión e Internet, la despreocupación de los padres o el temor de los profesores a acabar convirtiendo los colegios en cárceles centran ese debate. Sin embargo, para la psicólogo Adrian Raine, de la Universidad Southern de California, hay claramente una predisposición biológica a la violencia. Ella, como otros muchos neurólogos e investigadores, sostienen que la respuesta a porqué la violencia se desata en personas aparentemente normales, subyace en el cerebro.

Según recogí ayer el diario USA Today, las imágenes de tomografía axial computerizada realizadas para comparar cerebros normales y los de algunos asesinos, permite ver algunas diferencias. Las imágenes coloreadas de los componentes químicos que actúan en el cerebro revelan una mayor actividad en la zona del córtex frontal, sin que todavía se conozca con exactitud que relación le une con la predisposición a la violencia.

Un estudio realizado con cerca de 400 monos ha confirmado que los niveles de serotonina, un neurotransmisor cerebral que juega un papel importante en el ser humano, parecen ser responsables de una actividad más agitada y similar a las manifestaciones que acompañan a la violencia.

La serotonina, que se produce en el cerebro y también en el tejido intestinal funciona como un conector neuronal, y las variaciones en su concentración parecen ser las responsables de los cambios de ánimo en las personas. Extrañamente, forma parte también de numerosos venenos, entre ellos, el que inoculan las avispas y el que tienen los sapos en su saliva, según han revelado estudios realizados en las últimas décadas. Algunos casos de demencia están asociados a una reducción de la actividad de la serotonina en el cerebro.

Pese a la identificación de la serotonina como un posible causante de trastornos y violencia, otros científicos creen que esa relación es indemostrable.

Eric Harris y Dylan Klebold, que mataron a 12 estudiantes y un profesor antes de suicidarse, y dejaron heridos a otros 20 alumnos en un intento de arrasar la escuela Columbine de Littleton, tenían un cerebro aparentemente normal. Su ideología racista, su gusto por la estética siniestra o el odio que sentían hacia sus compañeros de la escuela no han dejado su impronta en las regiones cerebrales que han estudiado los médicos forenses.

Dee Higley, del Instituto Nacional del Alcoholismo, sostiene que la genética determina en buena manera los comportamientos agresivos. Apunta que mientras que algunos niños logran sobrevivir sin problemas a un entorno conflictivo durante su infancia, otros desarrollan una fuerte agresividad en medios aparentemente ideales.

La respuesta, para él, es la carga genética que han heredado de sus padres, la predisposición; a que se pueda reaccionar de un modo u otro. Otros científicos apuntan a que las complicaciones de un nacimiento prematuro o los abusos y golpes a niños en edad muy temprana, pueden alterar los niveles de serotonina e incidir, por tanto, en comportamientos más o menos violentos.

Las pruebas de escáner realizadas en cerebros de asesinos parecen mostrar un pobre funcionamiento del córtex frontal del cerebro, frente a los de personas que no han mostrado comportamientos violentos. La predisposición a la violencia no necesariamente significa que esta deba desarrollarse y ahí entran a jugar un papel importante cuestiones como el entorno, el fácil acceso a las armas de fuego o la vigilancia que los padres ejercen sobre los hijos, sostienen otros especialistas que defienden una interrelación de factores.

 

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